Mary y Max

No te preocupes por no sonreír. Mi boca casi nunca sonríe, pero eso no significa que no esté sonriendo en mi cerebro.

Max

Mary and Max, primer y único largometraje de Adam Elliot, es una de esas películas que no te dejan indiferente, que pasan los años y sigues recordando como esa película que despertó en ti sentimientos tan positivos. Es el claro ejemplo de que la calidad de una obra no se mide por la recaudación realizada ya que recaudó, aproximadamente, 1.712.085 dolares el año de su estreno (muy lejos de los veinte millones, umbral a partir del cual en Australia se considera que una película es éxito en taquilla) y, aún así, fue galardonada como la mejor película de animación en el Festival Internacional de Animación de Ottawa y premiada como la mejor película australiana por la Asociación de Críticos de cine Australiano ese mismo año. Y no es para menos, ya que en esta curiosa obra Adam Elliot nos hace reflexionar sobre el poder que ejerce la amistad en esas personas que la sociedad ha dejado navegando a la deriva, a su suerte. Esas personas que no importan a nadie, que no comprenden por qué el el mundo que les rodea es como es y nunca nadie se ha acercado a ellos para preguntar un simple «¿qué tal te encuentras hoy?». No, estas personas no han tenido esa suerte. Esa suerte que no se elige, esa suerte que depende en su totalidad del azar pero que, como la mayoría de circunstancias que no elegimos, puede condicionar enormemente nuestro viaje.

Mary es una niña de ocho años que vive en Monte Waverley, suburbio de la ciudad de Melbourne, en Australia; con su peculiar, disfuncional, desestructurado e inarmónico entorno familiar. Su madre es adicta al alcohol y su padre un holgazán que no les hace ni caso. En este entorno es en el que está creciendo Mary y por lo que es una niña solitaria e infeliz. No obstante, como cualquier niña de su edad busca respuestas de un mundo que no comprende, o mejor dicho, de un mundo que no le comprende. No le comprende su vecino que sufre de agorafobia, tampoco le comprende el cartero tartamudo que día tras día les trae el correo y, mucho menos, ese gallo que tiene por mascota desorientado por no haber puesto nunca un huevo. Esta obra es una oda a la imperfección, son todas estas imperfecciones, cada cual las suyas, las que provocan el distanciamiento. Un distanciamiento que, como en la realidad, se va produciendo poco a poco y que hace que nos sintamos solos a pesar de estar rodeados de gente, gente que siente la misma soledad que sentimos nosotros. A todo esto tenemos que añadir el defecto que más acusa la protagonista, una mancha de nacimiento en la frente en forma de excremento que hace que sea objetivo fácil para la burla constante de los niños y niñas de su edad y lo que ha hecho que Mary, cansada de las constantes burlas se haya sumergido en el aislamiento que se encuentra al inicio de la película.

Max es un cuarentón, obeso, que vive en la sucia y oscura ciudad de Nueva York y, como no podía ser de otro modo, también está repleto de imperfecciones. Max vive atrapado en una de ellas y es ésta la que condiciona toda su vida. Max sufre las consecuencias del Síndrome de Asperger (o Aspie, como le gusta llamarlo él) que padece y, debido a esto, vive su día a día en soledad e incomunicado. Es una persona a la que le asusta el mundo porque no lo comprende, no comprende la interacción social y mucho menos las convenciones sociales.

Un día Mary acompaña a su madre a la oficina de correos donde ésta está tomando prestados unos cuantos sobres. Mientras tanto, Mary ojea el listín telefónico de Nueva York y elige un nombre al azar: Max Jerry Horovitz y decide escribirle. Es a partir de este momento en el que entre los dos protagonistas de la historia se gestará una amistad por correspondencia que durará años en la que ambos se cobijarán, se protegerán de ese mundo que no les quiere entender apoyándose el uno en el otro.

Mary y Max puede parecer la típica película de animación para niños, mas al contrario, es un film hecho para un público adulto. Se profundiza en las enfermedades mentales, concretamente, en el Síndrome de Asperger, superando los clichés que otras series de televisión han dejado en el imaginario colectivo sobre este síndrome y que son profundamente falsos (¿Big Bang Theory?) mostrando tal y como siente y percibe el entorno, sin filtros, una persona con dicho síndrome. Pero no únicamente se trata el tema de las enfermedades mentales sino que también el bullying es un tema central en la obra. ¿Por qué Mary, con ocho años de edad, no tiene ningún interés en relacionarse con el exterior? ¿Por qué Mary tiene miedo a los niños y niñas de su edad? ¿Por qué se cobija en una relación de amistad por correspondencia con un hombre maduro y extraño que vive en la otra punta del mundo? La respuesta es clara, porque sabe que ese hombre no la ve y no la podrá juzgar, concretamente, la mancha que tantos problemas le ha dado. Así, se siente cómoda pues tiene la necesidad de comunicarse con alguien y alguien que sólo existe detrás de un montón de cartas es la solución ideal. La imperfección es el denominador común de la obra, la relación entre dos seres imperfectos en un entorno imperfecto y la relación entre ellos.

Adam Elliot maneja el lenguaje audiovisual a la perfección, de hecho es algo vital para comprender el verdadero mensaje de la obra, es decir, que la imperfección conlleva soledad y la soledad tristeza. Para hacer más evidente esta idea se juega con colores sepia en el mundo de Mary mientras que en el de Max se juega únicamente en escala de grises. La tristeza se lee del color que tiñe la escena. Además, esa incapacidad de comunicación se hace más que evidente ya que hasta la mitad del filme no conocemos las verdaderas voces de los protagonistas hablando en directo. Primero es un narrador el que cuenta la historia para poco a poco, mientras las cartas se van acumulando, dar paso a los pensamientos de los protagonistas llegando, al final, a pronunciar frases completas e interactuando con otras personas (concretamente ella). Aquí, Mary and Max nos muestra cómo la amistad entre ellos ha conseguido superar ese problema de comunicación que les tenía presos.

En resumen, Mary and Max es una oda a la imperfección y podría resumirse con la siguiente frase escrita por el propio Max; eres imperfecta, y yo también lo soy, y todos los somos y debemos aprender a vivir con ellos. Y así es, aprendiendo a vivir con las imperfecciones propias, pero también con las ajenas, nos armaremos con las herramientas necesarias para hacer frente a los miedos, fobias, odios, en definitiva, diferencias que nos alejan unos de otros y que, al final, son la raíz de la falta de comunicación y entendimiento que hoy existe entre nosotros.

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